Un encuentro casual caminando por algún punto central de una capital desconocida me recordó los motivos del viaje. Nos es que no los tenga presentes, pero a veces se pieden en la red mientras uno busca hostels, proximas paradas, lugareños que lo ayuden a conocer cada lugar y otras cuestiones básicas para la subsistencia.
Al final de cuentas, me subí a una combi en Miraflores y parti hacia el cercado (aventura si las hay subirse a una combi que nunca te dice exactamente a donde va). Me sorprendió el orden con que cada cosa se ubica perfectamente en su lugar y sobre todo, la pulcritud de la zona (Buenos Aires dista bastante de ambas cualidades).
Digamos que venía fascinada con la arquitectura colonial, disparando tiros de luz (no me parecía a una gringa sólo porque mi cabellera dista de ser blonda y entonces si bien no descendiente aborigen, conservo los rasgos de los tanos de la Italia ¨sud¨desarrollada).
Cumplí prolijamente con los hitos que me marcaba mi mapa turístico (caminé por la Plaza de Armas, visité la Iglesia de San Francisco y sus catacumbas, fotografié el Palacio de Justicia, etc.). La adrenalina seguía contenida, aún habiendo visto los huesos de quien sabe cuantos mártires y no tan mártires enterrados en las catacumbas que oficiaron de cementerio subterráneo del Convento de San Francisco.
En una de estas paradas, en la Estación de Trenes de Desamparados, luego de recorrer su museo, ingresé al andén, allí, sentados en una mesa, había dos hombres, entre ambos juntaban mas de un siglo y medio de vida (aunque no pude darme cuenta de aquello hasta que no lei sus biografias en las contratapas de los libros que habian escrito). Allí trabajaban, escribían sus cuentos y poemas, reproducían historias e intentaban vender sus escritos con sus escasas pero encantadoras ¨herramientas de marketing¨.
Luego de un rato de charla con ellos, entendí por qué no hubiese podido nunca adivinar sus edades sin ayuda. Sus caras lucían frescas, mantenían una sonrisa cándida y su espíritu alegre rebalsaba por los limites de sus cuerpos. Eran felices, habían pasado malas, pero habían tomado una decisión que los mantenía longevos y con la chispa encendida. Su vida, puesta al servicio de su vocación. Estas manifestaciones de energías activaron mis sentidos, ahora creo que valió la pena haber entrado en esas catacumbas.

.jpg)
.jpg)