"Pequeña historia tendiente a ilustrar lo precario de la estabilidad dentro de la cual creemos existir, o sea que las leyes podrían ceder terreno a las excepciones, azares o improbabilidades. Y ahí te quiero ver." JC


martes, 29 de mayo de 2012

Crónica de la fiesta del Colquepata y otras “yerbas” - Copacabana


De la fiesta del Colquepata

Llegar a una ciudad en medio de una festividad local tiene sus pros y sus contras. Lo malo, el despliegue de artificios para conseguir alojamientos baratos, lo bueno, el resto.
Engalanados con sus disfraces harto coloridos, hombres y mujeres de largas trenzas danzaban al ritmo de trompetas y tambores. Innumerables demostraciones de entrega al Santo del Colquepata y a la Pachamama se alzaban con una Paceña en mano en rituales que no distinguían edad.
Y es lógico que una fiesta que comienza un sábado a la mañana y termina un domingo por la noche traiga como resultado a ebrios consuetudinarios y kilos de felicidad por doquier. Quien diría que un pueblo tan oprimido pudiera ser capaz de llenarse el corazón con tanta alegría (ayudados en virtud de verdad por algunos cuantos litros de cerveza). Compartían su felicidad con quien se les cruzase y eran extremadamente dadivosos con sus tragos.
La noche finalizaba con una exhorbitante performance del grupo Sombras al ritmo de “La ventanita del amor” y los pasos desdibujados de los excelsos bailarines se borraban con nuevas ofrendas a la tierra. Llegado semejante punto cúlmine de la noche, era hora de irse a dormir, jóvenes y adultos intentaban volver a sus casas o alojamientos, aunque eso les demandara toda la noche. Nadie estaba a salvo de los embrujos de los brevajes de turno. Lejos estaba de poder sentir el cuadro típico de acusación femenina a su pareja. No era el caso, la fémina no cargaba insultos contra su partenair por su lucha encarnizada por mantenerse erguido en sus dos piernas. Por el contrario, era difÍcil definir quién oficiaba de bastón a quién. La imagen resultaba en algún punto conmovedora (quizas mi corazón lleno de rubia felicidad había logrado sensibilizarme), caminaban lento, sosteniendose el uno al otro, como buscando constantemente el equilibrio, evitando ser ofrenda de la tierra a la que ya le habían dado suficiente.

Y otras yerbas....

Copacabana es una ciudad en donde la cultura local se mezcla con los fugaces matices de los forasteros, y sin dudas uno de los destinos preferidos de la hippeada argenta. Un buen número de individuos dispuestos a juntar unas monedas y a vivir al límite. Su carne pegada a los huesos es una elección, seres normales embebidos en un disfraz harapiento.
En tertulia con uno de ellos, en uno de mis intentos por escaparme un poco de la dinámica de un viaje que resonaba extraño para mí pero que había aceptado tácitamente, recibí un ¿sabio consejo?. Un muchachito (de la hippeada de la que venía hablando) me pregunta – ¿y vos de donde sos? -, de Campana pero vivo en Belgrano. - Aaaah, (…) yo a vos te vendo todo – (cara de nada), - te tenés que vestir mas hippie – (está bien que mi buzo de flashdance no era de lo mas zaparrastroso que guardo en la mochila, pero tengo prendas que podrían resultar ciertamente encantadoras para algún caminante de los de este estilo). Que bien, pensé, si es que vengo escapando del código de vestimenta del sistema para que “vestirme de hippie” sea el camino que tengo que tomar. Y es que el marketing no duerme
El camino tiene de todo, personas que ahondan en el sentir, hippies con polvo para la nariz en sus morrales . El viaje te encuentra con quienes sobreviven, con quienes viven, con profundidades y superficialidades.
Mientras tanto, mis disfraces y antifaces siguen guardados en el placard.  


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