De la fiesta del Colquepata
Llegar a una ciudad en medio de una
festividad local tiene sus pros y sus contras. Lo malo, el despliegue
de artificios para conseguir alojamientos baratos, lo bueno, el
resto.
Engalanados con sus disfraces harto
coloridos, hombres y mujeres de largas trenzas danzaban al ritmo de
trompetas y tambores. Innumerables demostraciones de entrega al Santo
del Colquepata y a la Pachamama se alzaban con una Paceña en mano en
rituales que no distinguían edad.
Y es lógico que una fiesta que
comienza un sábado a la mañana y termina un domingo por la noche
traiga como resultado a ebrios consuetudinarios y kilos de felicidad
por doquier. Quien diría que un pueblo tan oprimido pudiera ser
capaz de llenarse el corazón con tanta alegría (ayudados en virtud
de verdad por algunos cuantos litros de cerveza). Compartían su
felicidad con quien se les cruzase y eran extremadamente dadivosos
con sus tragos.
La noche finalizaba con una
exhorbitante performance del grupo Sombras al ritmo de “La
ventanita del amor” y los pasos desdibujados de los excelsos
bailarines se borraban con nuevas ofrendas a la tierra. Llegado
semejante punto cúlmine de la noche, era hora de irse a dormir,
jóvenes y adultos intentaban volver a sus casas o alojamientos,
aunque eso les demandara toda la noche. Nadie estaba a salvo de los
embrujos de los brevajes de turno. Lejos estaba de poder sentir el
cuadro típico de acusación femenina a su pareja. No era el caso, la
fémina no cargaba insultos contra su partenair por su lucha
encarnizada por mantenerse erguido en sus dos piernas. Por el
contrario, era difÍcil definir quién oficiaba de bastón a quién.
La imagen resultaba en algún punto conmovedora (quizas mi corazón
lleno de rubia felicidad había logrado sensibilizarme), caminaban
lento, sosteniendose el uno al otro, como buscando constantemente el
equilibrio, evitando ser ofrenda de la tierra a la que ya le habían
dado suficiente.
Y otras yerbas....
Copacabana es una ciudad en donde la
cultura local se mezcla con los fugaces matices de los forasteros, y
sin dudas uno de los destinos preferidos de la hippeada argenta. Un
buen número de individuos dispuestos a juntar unas monedas y a vivir
al límite. Su carne pegada a los huesos es una elección, seres
normales embebidos en un disfraz harapiento.
En tertulia con uno de ellos, en uno de
mis intentos por escaparme un poco de la dinámica de un viaje que
resonaba extraño para mí pero que había aceptado tácitamente,
recibí un ¿sabio consejo?. Un muchachito (de la hippeada de la que
venía hablando) me pregunta – ¿y vos de donde sos? -, de Campana
pero vivo en Belgrano. - Aaaah, (…) yo a vos te vendo todo –
(cara de nada), - te tenés que vestir mas hippie – (está bien que
mi buzo de flashdance no era de lo mas zaparrastroso que guardo en la
mochila, pero tengo prendas que podrían resultar ciertamente
encantadoras para algún caminante de los de este estilo). Que bien,
pensé, si es que vengo escapando del código de vestimenta del
sistema para que “vestirme de hippie” sea el camino que tengo que
tomar. Y es que el marketing no duerme
El camino tiene de todo, personas que
ahondan en el sentir, hippies con polvo para la nariz en sus morrales
. El viaje te encuentra con quienes sobreviven, con quienes viven,
con profundidades y superficialidades.
Mientras tanto, mis disfraces y
antifaces siguen guardados en el placard.

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