Trujillo y Cajamarca me dejaron sin demasiada energía para escribir siquiera una línea. Y es que la dinámica del viaje se ha tornado un tanto intensa. Entonces la escritura no es más que un listado incoherente de recordatorios de fechas y lugares.
Ahora, partiendo hacia Chachapoyas, el viaje de catorce horas invita a utilizar todos los recursos con los que cuento (escasos pero suficientes) para que la sensación de tiempo sea (balanza a mi favor) suavemente ligera.
Y entonces de Trujillo no hay demasiado que decir, aunque el dato de color radica en lo poco que gasté dado el gentil hospedaje de una lugareña.
El costo, aprender a lidiar con su niña de 6 años que bien había sido bautizada con el nombre de Samara. Si bien no físicamente parecida al poco encantador personaje de La llamada (The Ring). Aquella que salía de una especie de aljibe con miles de liquidos vizcosos y de tonalidad verduzca en su semblante, a veces se nos aparecía en el cuarto en medio de la madrugada, lento, como midiendo nuestra respiración, se daba media vuelta y se iba tornando la situación un tanto aterradora.
A pesar de este literalmente pequeño detalle Trujillo resultó una mezcla entre el acercamiento a la cultura pre inca en las ruinas de Chan Chan y las Huacas del Sol y de la Luna y el ocio de encontrarse tiradas en las playas de Huanchaco tomando unas chelitas.
Por otro lado Cajamarca. Un pueblo encantador.El mismo se erige en un valle entre las sierras del centro del Perú.
LLegamos a Cajamarca en medio de una huelga que había comenzado hace 15 días. El pueblo (y claro que cuando digo el pueblo es el pueblo lo más pueblo del pueblo) se había proclamado en contra del Proyecto Conga (una explotación minera de capitales estadounidenses para obtener oro, cobre y según algunos otros uranio). Claro que en Cajamarca la minería no es novedad ya que Conga se uniría a la explotación ya existente de Yanacocha.
Entonces al grito de "si no hay solución habrá revolución", los ciudadanos de Cajamarca y sus alrededores esperaban con manifestaciones pacíficas en la playa la llegada de su alcalde, que se encontraba de tour por Europa (deconozco si eran cuestiones vinculadas a diplomacia, por ocio, o quizás ambos).
Lo destacable de la situación es que la minería sólo emplea al 10% de la población en Cajamarca y contribuye cpn un 20% al total de los ingresos de la región, ocupando el tercer puesto luego de la ganadería y el turismo.
Estos datos como también lo es la tan conocida historia de las multinacionales agotando recursos en tierras ajenas y llevandose dinero en costales a sus casas matrices resultan un tema de discusión que pasa a segundo plano cuando la estrella de los requerimientos del pueblo no es ni mas ni menos que el agua.
Los cajamarquinos no quieren que el agua se trasnforme en el trasnporte de los elementos de su destrucción, buscan evitar otro medio de sometimiento, de aniquilamiento de la tierra y la humanidad. Algo tan básico que genera impotencia ver como deben alzarse en la lucha por algo que simplemente les pertence.
Me voy y la lucha sigue. Desde la ruta en plena madrugada, veo unas luces que se destacan en la oscuridad de la noche, se percibe una aureola con una tonalidad de un naranja intenso que ilumina el cielo y los alrededores de modo demoniaco. Es la mina de Yanacocha, que trabaja sin descanso y sin piedad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario