Chachapoyas se ubica en la región de la amazonia peruana, aunque si bien de densa vegetación y excesiva humedad, es la zona donde las sierras centrales terminan y comienza la verdadera selva. Esto lo convierte en un lugar bastante particular en lo que a clima y geografía respecta.
En Chachapoyas tuve la suerte de recorrer bastante en unos dias qe resultaron de extensas caminatas.
Kuelap, por un lado, vestigios de civilizaciones pre incas que no dejan de sorprenderme con sus increíbles habilidades de hidráulica, construcción, ingeniería y sobre todo de espiritualidad. Por otro lado Gocta, dos cascadas de 700 metros de altura que sin dudas no sorprenden a quienes conocemos las Cataratas del Iguazú pero con una caminata que definitivamente vale la pena.
Finalmente Quiocta y Karajías. Las primeras, unas cavernas en donde el agua ha esculpido inmesidad de formas a través de la formación de estalagtitas y estalagmitas de más de tres metros de altura (si consideramos que una de estas crece un centímetro cada 100 años promedio, se trata de cavernas longevas dignas de respetar). Los segundos son unos sarcófagos bien puestos en una montaña empinada que así hubieran sido colocados para el turimo, no puedo imaginarme como llegaron allí.
Para coronar mi estadía en Chachapoyas conozco a Jairo. Una persona única y llena de alegría. Jairo es un lugareño que nos acompañó hasta los sarcofagos. Habia algo en él, tenía un brillo especial en los ojos, una sonrisa con ventanas y las mejillas gordas y curtidas por el sol.
Observé que me miraba y tomando la iniciativa le pregunto -¿tenes novia?-, ¿qué?, me repregunta, -si tenés enamorada- (todavia hay palabras que aun olvido son distintas). -No-, contesta, -¿y no queres ser mi enamorado?- le pregunto. Negativa. Permanecimos un rato alli y antes de irnos lo miro a los ojos y le digo -estoy triste porque no queres ser mi enamorado-. Me miró y se sonrió (sus mejillas ya estaban lo suficientemente curtidas como para darme cuenta si se habia sonrojado) sus amigos reían. Me tomo de la mano como buscando remediar su desplate y me escoloto todo el camino de vuelta asegurandose de que no me sintiera cansada. Me prometió que esperaria a crecer y luego iria a visitarme. Jairo tiene seis y una sonrisa constante, una energía incontenible y una caballerosidad que no le entra en sus escasos centrimetros de altura. Me regaló miles de besos y nos despedimos. Quizás cuando crezca sea distinto del resto, aunque esto simplemente es una expresión de deseo.

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